Confiar y confiar
La confianza ha sido uno de los conceptos clave a la hora de explicar en qué consiste una educación que dota a los estudiantes del poder radical de elegir qué aprender.
Probablemente, una de las dificultades más relevantes en el proceso de desarrollo de una iniciativa de educación que desborde los límites del modelo escolar impuesto es la confianza. Lo ya establecido a lo largo de generaciones y generaciones, lo damos por bueno simplemente porque es la única realidad que conocemos. Además, esa larga trayectoria otorga seguridad y, dado que todos cumplen… Pocas cosas hay más difíciles que abandonar el rebaño y alejarse en solitario a través la pradera desnuda con la esperanza de encontrar un camino que no está señalizado.
Acudiendo a su etimología, confiar es “creer en el otro estableciendo una conexión”; no obstante la confianza es un sentimiento individual que nace como una oportunidad de entrega al respecto de una persona u otro ser vivo, institución o divinidad, (…) Es una herramienta capaz de tornarse en un valioso vehículo social.” (1)
Al fin y a la postre, confiar es creer en el otro. Y esa creencia en el otro está sustentada en la conexión entre lo que mutuamente se ofrecen las partes.
En el ámbito escolar, considerado como una subcampo de las relaciones humanas, el denominado “efecto pigmalion” es una clara demostración del poderoso efecto de la confianza en el comportamiento de la otra persona; en este caso, de los estudiantes. Recordemos que el mito de pigmalión es el de un rey obsesionado con la perfección que acaba enamorado de Galatea, la más ideal de sus muchas esculturas con forma de mujer. Soñó Pigmalión un día que Galatea cobraba vida y, al despertar, se encontró a la diosa Afrodita, símbolo del amor, quien le concedió su ansiado deseo de que se convirtiera en humana.
Este mito, ampliamente versionado a lo largo y ancho de los siglos, encuentra su interpretación más cercana a la educación en la obra teatral, Pigmalión, escrita por George Bernard Shaw, en la que un profesor de fonética, en la radical sociedad clasista del Londres del siglo XIX, logra transformar tanto en la forma como en el contenido la forma de hablar de una pobre florista que finalmente logra hacerse pasar por una dama de la alta sociedad.
En la obra de Bernard Shaw, la confianza es más la que el profesor Higgins tiene en sí mismo, en su capacidad y dominio técnico de la lengua inglesa, y no tanto en la capacidad de Eliza.
El experimento de Rosehthal y Jacobson, publicado como “Pigmalion en la escuela” se centra en el efecto que las expectativas -y, por consiguiente también las interacciones verbales y no verbales- de los docentes sobre los resultados académicos de los estudiantes. Si bien elaboraciones posteriores han puesto de manifiesto que no son las simples expectativas las que producen efecto en los demás, sino que han de estar acompañadas por microconductas observables (tono de voz, lenguaje corporal, nivel de exigencia o calidad del refuerzo).
Recientes investigaciones muestran que las relaciones de confianza entre adultos ya en la escuela, ya en casa, incrementan hasta en diez veces las probabilidades de mejora en un abanico de resultados, incluyendo el resultado académico. (2)
Igualmente, una revisión significativa de la evidencia ha mostrado que la manera en que progenitores y cuidadoras interactúan con los hijos en casa resultó dos veces más predictiva tanto del interés como del aprendizaje de los estudiantes, entre otras dimensiones. (3)
De lo que estamos hablando aquí, ya no es solo de la calidad de las relaciones entre docentes y estudiantes, que per se es extremadamente importante,, sino entre docentes y progenitores. Una relación que, en buena medida, parece estar bastante debilitada -al menos en el sector público- y una de cuyas consecuencias es el incremento de la violencia en el ámbito escolar. (4)
Construir relaciones de confianza es, por tanto, extremadamente valioso para el desarrollo de una experiencia educativa provechosa y saludable. Es un vínculo invisible. A lo largo de los años en ojo de agua hemos comprobado cómo uno de los factores más significativos, quizá el que más, era la sintonía entre la familia y el equipo de adultos. Cuando esa conexión, esa confianza mutua, estaba presente, el desarrollo del hijo o la hija, se producía con armonía y equilibrio. Cuando no era el caso, ya porque los padres no confiaban en que sus hijos tenían la capacidad de tomar decisiones adecuadas, ya porque surgían divergencias entre ambos progenitores en relación a la línea pedagógica o por otras circunstancias, esa falta de sintonía mutua trastabillaba el proceso de desarrollo del hijo.
Entre los factores que contribuyen a la construcción de relaciones de confianza entre los diferentes grupos relacionados con la educación, quizá, el más importantes, sea el respeto.
Cuando los niños se sienten respetados, los conflictos disminuyen. E inmediatamente después hemos de mencionar que respeto no significa, falta de límites, sino más bien al contrario, límites claros, funcionales, no arbitrarios ni castigadores, consensuados.
Cuando al abordar los inevitables conflictos no hay juicio, sino escucha y descripción, reconocimiento de la fragilidad de todas las partes, honestidad radical de parte de los adultos, posibilidad de expresar la propia perspectiva y contrastarla con la de los demás, la confianza crece.
Cuando las familias pueden elegir el modelo educativo que más se acerca a su perspectiva, más probabilidades de conexión, de sintonía, entre docentes y progenitores.
Cuando la educación no es una institución burocratizada y rígida, sino un acto vivo, aquí y ahora y atiende a las necesidades del momento, hay espacio para la confianza, pues la confianza y la burocracia son divergentes, como el agua y el aceite. No puede haber confianza en un entorno social burocratizado porque la burocracia es, precisamente, el conjuntos de procesos que tratan de sustituir mediante documentos la confianza invisible entre las personas.
Confiar, aprendimos en ojo de agua, es tener fe. Pero no una fe religiosa, sino una fe que significa saber sin disponer de elementos para conocer racionalmente. La fe de los padres en los hijos, la fe del amor en la pareja, la fe de la joven que se adentra en el ignoto e incierto mundo adulto,…
Esa fe, la confianza, siendo un elemento invisible tiene, sin embargo, efectos visibles en lo que hacen, sienten y piensan los hijos, los estudiantes, los alumnos.
No es menos cierto que todas las temporadas, todos los años, la vida nos traía experiencias con niños o con familias en las que las perturbaciones estaban presentes. Solían ser casos puntuales, dado que para participar en la experiencia de ojo de agua la familia debía tomar una decisión radical, asumir la responsabilidad formal, social, de la educación de sus hijos y no simplemente delegarla en el modelo único, público o privado, de escolarización que el estado impone. Tal decisión, ya suponía un ejercicio de sintonía y confianza entre progenitores y el equipo pedagógico inmenso.
Ante los conflictos y perturbaciones que pudieran aflorar por parte de algunos participantes, en el equipo, acuñamos como parte de la misión de ojo de agua “siempre volver a confiar.” Cuando había necesidad de limitar la libertad de movimiento o acción de alguien -y esto formaba parte de un proceso que involucraba a adultos (padres y docentes) y/o compañeros- ese proceso siempre acababa con un nuevo ejercicio de compromiso y confianza.
Sólo en dos casos, toda regla tiene su excepción, nos vimos obligados a desviarnos de la directriz de la confianza.
Otro factor que incrementaba la confianza era la participación de las familias en la vida cotidiana del ambiente a través de la facilitación de actividades (talleres) o con la colaboración en el mantenimiento del lugar (siempre voluntario). Madres y padres ejerciendo como profesores entraban todos los días literalmente hasta la cocina de ojo de agua y, así, tenían la oportunidad de conocer muy de cerca la experiencia educativa que estaban viviendo sus hijos. Y contribuyendo a crearla. Lo que generaba confianza.
Con frecuencia nos preocupamos por los aspectos tangibles del proceso educativo, los materiales, las metodologías, las instalaciones, etc. y nos olvidamos de lo que quizá es la más importante, las relaciones entre las personas.
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(1) Benjamin Veschi, 09/2020, en https://etimologia.com/confianza/
(2) Winthrop, R., Barton, A., & Ershadi, M. (2021). Collaborating to transform and improve education systems: A playbook for family-school engagement. Brookings Institution.
(3) Walberg, H. J. (1984). Improving the productivity of America’s schools. Educational Leadership, 41(8), 19–27.
(4) Según una encuesta del sindicato de funcionarios CSIF, más de la mitad de los profesores ha sufrido o ha sido testigo de agresiones en las aulas durante el último curso: “Hay inseguridad y sensación de desprotección”, en https://www.elmundo.es/espana/2026/03/23/69c1362fe85ecea4538b4598.html

