Enseñar es... ¡aprender!
La acompañante no tenía experiencia en ciencias de la naturaleza. Los tres años anteriores, un padre, Daniel, él sí formado en biología, se había hecho cargo de la demanda de ciencias naturales que, año tras año, un grupo de chicas y chicos entre 9 y 12 años pedían con entusiasmo. Era inicios del otoño.
El padre había dejado el listón muy alto, pues uno de los proyectos que acometieron acabó resultando premiado en un concurso comarcal en la categoría de medio ambiente.
No obstante, la acompañante decidió aceptar el desafío y hacerse cargo. Desde hacía años, le interesaba la biología. Se consideraba una persona curiosa y con ganas y capacidad para aprender. Tras los primeros pasos de rigor en la organización de cualquier actividad en el ambiente, se reunió con todas las personas que habían escrito su nombre en el tablón de anuncios donde un chico de unos diez años había colocado un cartel proponiendo el taller de ciencias naturales. Les comunicó que, en esa ocasión, Daniel no podría hacerse cargo del taller como en los últimos años y lo haría ella en su lugar, lo que produjo una inevitable sensación de decepción. Añadió que ella no sabía tanto como Daniel y, por lo tanto, la experiencia sería muy diferente. El grupo aceptó la situación con desigual humor. Todos esperaban volver a tener una experiencia magnífica con Daniel. Pero decidieron dar una oportunidad a la nueva situación. Ninguno se retiró del grupo.
A continuación, propuso una ronda en la que pidió que, primero el participante que había tomado la iniciativa, y después los demás, explicaran qué querían tratar en las sesiones que dedicarían a las ciencias naturales. La acompañante, no dejó de sorprenderse, interiormente, al escuchar que querían tener sesiones de teoría en el interior. Había imaginado que la actividad se desarrollaría de forma práctica y en el campo, dado que estaba facilísimamente accesible. Pero lo aceptó sin preguntar.
Cuando le llegó el turno a ella, explicó que seguramente no podría atender las demandas de contenido específico, pero que lo haría lo mejor que pudiera. Quedaron en comenzar la semana siguiente, tras encajar, no sin dificultad, el día y la hora en sus respectivas agendas, pues algunos de ellos ya habían decidido participar en diversos talleres y actividades.
La acompañante salió de la reunión entre abrumada por la responsabilidad y estimulada por el desafío. El grupo estaba compuesto por personas maduras a pesar de su corta edad y ayudarían en todo lo que pudieran. A partir de ese momento, cuando no estaba atendiendo a una petición de una niña o mediando en un conflicto entre un grupo, su cabeza volvía inmediatamente a la preguntas: “¿Qué voy a hacer? ¿Y cómo?”
Ya en casa, en un momento, recordó un hermoso libro de divulgación de biología que le habían recomendado hacía muchos años y le había encantado. Tenía un formato grande, no muy grueso, tapa dura. En la portada una gran abeja libando acercándose a una colorida flor y en su interior el texto iba acompañado de preciosas y sorprendentes fotografías e ilustraciones de gran calidad técnica y conceptual.
Lo tomó entre sus manos. Leyó el título: “¿Qué es la vida?” y pensó para sí que esa era la pregunta más fundamental que habría que responder en un grupo de estudio de ciencias naturales. Además, la autora del texto era Lynn Margulis, de quien había leído varios libros. Margulis descubrió que la célula eucariota era producto de la simbiosis de células procariotas, lo que venía a relativizar el dogma -hasta entonces imperante en el imaginario social- de la competencia más o menos despiadada como medio de impulso de la evolución de la vida sobre la Tierra. Esta mujer se atrevió a proponer que la cooperación había sido un factor crucial en la evolución. Además, Margulis era co-autora de la hipótesis Gaia, que desarrolló junto a James Lovelock, que propone una visión del planeta, en su conjunto, como si fuera un superorganismo, formando parte activa de la evolución.
Decidió que utilizaría ese libro de divulgación como hilo conductor de las sesiones y comenzó a releerlo, tomar notas, investigar conceptos que desconocía y preparar imágenes que sirvieran para ilustrar las ideas.
Llegó, la primera sesión en las que explicó al grupo la historia de ese libro en su vida, lo importante que había sido su autora para facilitarle la comprensión de cómo funciona la vida y que le parecía tan importante que le gustaría compartirlo con el grupo. Todos asintieron con interés. Y comenzaron las sesiones. Le resultaba curioso que desde el primer día, nunca tenían tiempo suficiente para acabar el material que había preparado, pues surgían preguntas por doquier: unas que sabían responder -ella o alguien del grupo- y otras que no: por ello, decidieron que una persona del grupo las anotara para investigarlas y aportar respuestas en las siguientes sesiones.
Éstas tomaron un cariz muy dinámico, con muchas interrupciones, preguntas, comentarios,… La atmósfera era la de compartir, nadie sabía todas las respuestas, la actitud era la de indagar en las preguntas que surgían.
La conversación discurría por asuntos muy variados e interesantes. Incluso, por supuesto, para ella misma. Reflexionando, se daba cuenta de que estaba inmersa en un proceso de aprender y que en ocasiones le asaltaba ese gusanillo que se siente en las entrañas, esa excitación, ese entusiasmo que surge cuando descubres cosas que no conocías. Y que, sin participación de su voluntad, se trasladaba involuntariamente a las chicas y chicos a través de su cuerpo y sus palabras. Podía ver cómo se contagiaba en los rostros y los cuerpos del resto del grupo. Era muy estimulante -aunque también, hay que decirlo, un poco estresante- el desafío.
Abordaron asuntos conceptuales como la diferencia entre lo vivo y lo no vivo, la fractalidad, los sistemas abiertos, la homeostasis, la definición de organismo, la autopoiesis, la holarquía, la evolucion, la relación entre la evolución social y las teorías biológicas, la relación entre la riqueza material y la riqueza natural de las civilizaciones, las diferencias entre Darwin y Wallace, James Hinton y la creacion de la geología…, el ciclo de las rocas, tipos de rocas, Vernadsky y el papel de los organismos vivos como fuerzas geológicas, incluso en una ocasión, el teorema de incompletitud de Gödel, entre otras muchas cosas.
Una tarde, curioseando en una librería, a finales del invierno, un ejemplar llamó su atención. Recordaba el título escrito a mano en un pequeño e irregular trozo de papel cuadriculado, Braiding the Sweetgrass. En español, La trenza de la hierba sagrada. Saber indígena, conocimiento científico y las enseñazas de las plantas, escrito por Robin Wall Kemmerer. La nota manuscrita se la había dado un mujer indígena originaria de las que hoy conocemos como islas Hawai.
Ahora tenía delante un ejemplar. Lo adquirió y comenzó a leerlo. Le fascinó la visión indígena del mundo su conexión con la naturaleza, el sentido de reciprocidad y gratitud en su relación con lo vivo y lo no vivo, las experiencias de sanación y restauración personales y ecológicas, el valor de la observación, la conciencia de no separación, el sentido de respeto hacia lo no humano.…
Al terminar el capítulo titulado Mishkos kenomagwen: las enseñanzas de la hierba, supo que tenía que compartirlo con el grupo. Era una descripción precisa y hermosa de cómo compatibilizar el conocimiento académico occidental con el indígena, cómo mundos tan distintos podrían encontrarse y producir frutos. El capítulo estaba estructurado como un estudio científico y describía el proceso de gestación y ejecución de desarrollo de una tesis doctoral en la que se pretendía probar -mediante el método científico- si recoger la hierba sagrada cortando el tallo es mejor que arrancándola de raíz, una cuestión que podría estar afectando su declive. La conclusión del estudio apuntó en otra dirección, radicalmente sorprendente, pero que, sin embargo, ponía de manifiesto la veracidad del consejo de la abuela de la autora: “Si utilizamos respetuosamente una planta, se quedará con nosotros y prosperará. Si la ignoramos, se marchará. Si no le mostramos respeto, nos abandonará”.
Le parecía necesario, casi imprescindible, que personas interesadas genuinamente en la naturaleza conocieran una manera totalmente distinta de comunicarse con lo natural, de acercarse a la posibilidad de eliminar la barrera mental, netamente occidental, que nos separa del resto del planeta. Era una oportunidad fantástica de compartir un conocimiento al que difícilmente se tiene acceso. Descubrir un nuevo modo de relacionarse, sentir, pensar, conocer y aprender de la naturaleza, que es de lo que tratan las ciencias naturales; sólo que pleno de valores humanos que aprecian lo no humano con el corazón. Era un oportunidad fantástica para aprender que distintas maneras de conocer no tienen que ser excluyentes, sino que pueden ser perfectamente complementarias. Una oportunidad como esa sería una lección magistral, no tanto por la metodología, sino por la profundidad del significado del contenido.
Así que llegó al día siguiente, enardecida por el descubrimiento. Les explicó su historia con el libro y les propuso leer el capítulo. Puso su corazón en ello. Lo sentía y lo creía hasta el más pequeño átomo de su cuerpo. Tras la lectura, comentaron sobre los distintos paradigmas de conocimiento: el científico abstracto, distante, objetivo y el indígena, basado en la observación y la experiencia, siendo uno con el mundo y con un sentido de lo sagrado.
El valor de esa conversación tras la lectura estribaba en que mostraba que hay una posibilidad de integrar visiones diferentes, que ningún paradigma de conocimiento posee la verdad total, que lo más primitivo, lo más antiguo, lo más natural, lo poco tecnificado también puede contener cierta cantidad de verdad y una utilidad que no debemos despreciar, de la que también podemos aprender y, en consecuencia, debemos respetar.
Esa conversación estaba superando el egocentrismo epistémico occidental, poniendo sobre la mesa el valor de otro modo de conocer; en este caso un modo de conocer indígena. Y, al mismo tiempo, en otro nivel, estaba sobrepasando los límites culturalmente impuestos. En ningún currículum oficial en estas latitudes nadie se atrevería a incluir como contenido, ni siquiera como competencia, aprender a cosechar bajo los principios de la “cosecha honorable”, tal como la tradición propone. A saber:
Conoce las costumbres de quienes te cuidan, para que puedas cuidarlos.
Preséntate.
Sé responsable como el que viene a pedir vida.
Pide permiso antes de tomar.
Actúa en concordancia con la respuesta.
Nunca tomes el primero.
Nunca tomes el último.
Toma sólo lo que necesitas.
Toma sólo lo que es dado.
Nunca tomes más de la mitad.
Deja algo para otros.
Cosecha de una manera que minimice el daño.
Úsalo respetuosamente.
Nunca desperdicies lo que has tomado.
Comparte.
Da gracias por lo que te han dado.
Da un regalo, en reciprocidad por lo que has tomado.
Sustenta a los que te sustentan y la tierra durará por siempre.
Bien entrada la primavera, el grupo decidió “convertirse en indígena” y salir a conocer las plantas útiles alrededor. Dieron paseos, identificaron ejemplares, buscaron características y propiedades… La hierba de San Juan (hipericum perforatum) comenzaba a florecer con sus brillantes pétalos amarillos. Descubrieron su potente efecto antibiótico y acordaron recogerlo. Durante aquella semana, su visión y su relación con la planta se transformó. Cosechar hipérico resultó en una experiencia sagrada: tomar y recibir vida.
Después, cogieron un par de botes de cristal oscurecido metieron los pétalos recolectados y los sumergieron en aceite de oliva prensado del año y de las propias aceitunas del lugar dejando reposar la mezcla “durante cuarenta días y cuarenta noches al Sol y a la Luna”. El siguiente paso fue filtrarlo el aceite y depositarlo en el botiquín para cuando resultara necesario en caso de contusión, herida o infección superficial.
Una cosa te lleva a la otra. Las sesiones de ciencias naturales parecían derivar desde la botánica hacia sesiones de historia, antropología, medicina o lógica formal. Lo cierto es que no estaban atados a seguir un camino fijo, nadie ajeno les marcaba la ruta: el interés y el entusiasmo les guiaban.
Pasado un tiempo la acompañante reflexionaba cuánto estaba aprendiendo, podía ver el interés reflejado en los rostros de las chicas y chicos del grupo. De hecho, algunos quisieron recomendar el libro a sus padres. Se daba cuenta de que todos estaban aprendiendo al mismo tiempo. También de que podían variar el rumbo de las sesiones según variara el interés y eso les conducía a lugares insospechados, a veces complejos, pero siempre interesantes.
Cuando rememora los días previos a iniciar la actividad con las grandes dudas sobre su escaso conocimiento de las ciencias naturales, ahora contrasta con cómo se siente después de la experiencia vivida junto al el grupo. Y piensa que lo más importante de todo no es cuánto sabes de algo, sino cuánto estás dispuesta a aprender de algo. No es lo que sabes, sino lo que estás dispuesto a saber. A pesar de que aquello significaba salir del camino trillado, asumir la incertidumbre, dedicar mucho tiempo a preparar las sesiones, colocarse públicamente en una posición de fragilidad, cometer errores,… Pero también es cierto que el ambiente que se crea es estimulante, relajado, de aprendizaje mutuo, informal, pero no irrespetuoso.
Quizá la persona que más trabajaba durante las sesiones era la que tenía que tomar nota de las nuevas preguntas que surgían y de las que no tenían respuesta. Era una lista inabarcable. Tendrían infinito material para seguir aprendiendo.
Supo que el factor más importante de toda esa experiencia fue que las chicas y chicos tenían verdaderos deseos de saber y, por ello, se adaptaron, colaboraron, le ayudaron, se implicaron, apoyaron, aportaron. Fue un trabajo en equipo. Todos aprendieron.
__________
Ofrecemos asesoría familiar y transgeneracional, mentorías para jóvenes, así como asesoría organizacional y pedagógica tanto para equipos educativos como para profesionales individuales.
Más información en: ojodeagua.ambiente.educativo@gmail.com
Tu apoyo con una suscripción de pago nos ayuda a seguir compartiendo.




