Vínculos implícitos (I)
En todo contexto, en toda familia, existen heridas.
En ocasiones son conocidas; casi siempre son ignoradas, cuando no ocultadas por temor o vergüenza, quedando, así, tácitas, en la sombra.
Algunas heridas son superficiales; otras, profundas.
Sus huellas quedan impresas epigenéticamente y se mantienen en el linaje familiar a través de las siguientes generaciones. Esas señales encuentran expresión, de muy diversas maneras, en los futuros miembros de la progenie, desencadenando rasgos, patrones o comportamientos que, en ocasiones, limitan o dificultan la vida personal y/o familiar.
La manera en que estas huellas se manifiestan suele ser esencialmente simbólica, de una manera que va más allá de su significado inmediato y del alcance de la razón. “El símbolo revela ciertos aspectos de la realidad -los más profundos- que se niegan a cualquier otro medio de conocimiento (…) responden a una necesidad y llenan una función: dejar al desnudo las modalidades más secretas del ser”. (1)
El inconsciente tiene su propio código y no es racional, es simbólico, manifiesta lo implícito, apunta a la presencia en medio de la ausencia, vela y desvela al mismo tiempo, se expresa ocultando.
Todo ello forma parte de la condición humana y, por eso, está presente en nuestras vidas, aunque con frecuencia lo desconozcamos.
Con el tiempo, en ojo de agua, como parte de una educación que aspiraba a integrar la compleja naturaleza del ser humano, decidimos, para las familias que así lo necesitaran y desearan, ofrecer -como una herramienta adicional- una asesoría transgeneracional que pudiera desvelar motivos que explicaran ciertas disfuncionalidades.
A través del conocimiento explícito, la toma de conciencia y la comprensión de la historia familiar que todos, generación tras generación, llevamos grabada, es posible deshacer vínculos inconscientes, revertir síntomas físicos o psíquicos y transformar patrones de conducta.
Un ejemplo.
R. era un niño cuyos padres decidieron que acudiera a ojo de agua. Se instaló en el kinder junto a un pequeño grupo de diversa, aunque muy cercana, edad.
R. jugaba y se relacionaba con normalidad la mayor parte del tiempo. Era un chico tranquilo. Le gustaba jugar solo. Aunque también compartía juegos y actividades con otros compañeros.
Sin embargo, en ocasiones, pero de forma recurrente, R. aparecía como ausente, con la mirada perdida, no respondía a las interpelaciones, no era posible capturar su atención. Era imposible establecer comunicación. En esas ocasiones, en palabras de su madre, “parecía que no era él”.
Esos episodios estaban vinculados con agresiones a otros compañeros. De repente, sin motivo o justificación aparente, R. se abalanzaba sobre otros chicos de edad similar con los que jugaba y a los que agredía. En otras ocasiones, la agresión respondía a una clara motivación de venganza por algo que R. consideraba que era injusto y, en esas ocasiones, decidía desquitarse. “Si pillaba a alguien, no lo soltaba”, recuerda su madre.
No tardamos en darnos cuenta de que la comunicación verbal era imposible en esos momentos con R., pues -como explicábamos- se encontraba como obnubilado. Así que teníamos que usar la fuerza física para separarle. Tras sus fulminantes reacciones, R. se mostraba tranquilo y sereno.
Cada vez que ocurría un incidente, lo comentábamos con las familias involucradas. Les explicábamos con detalle lo sucedido, describíamos nuestra actuación, así como nuestra perspectiva sobre el asunto. La madre de R. lo recibía con angustia, pero sin saber muy bien qué hacer para lograr que su hijo dejara de reaccionar de esa manera. “Tenía la sensación de que no era él y que no podía entenderle”. Recuerda que pasaba muchas mañanas en ojo de agua en la oficina hablando con Marién.
Todo esto lo íbamos observando, así como enfocando al máximo la atención para procurar anticiparnos y evitar las agresiones. Si bien ese es uno de los focos de atención prioritaria en lo cotidiano, con esa situación en el kinder, ese foco estaba más acentuado. Nadie quería que se repitiera otra agresión. Pero, dada la imprevisibilidad de las reacciones de R., era extremadamente difícil lograrlo. No es que R. buscara el momento adecuado para perpetrar la agresión, sino que, era imposible preverla, anticiparla mínimamente.
En una ocasión, R. agredió a un compañero de juegos, se abalanzó sobre él y lo agarro por el cuello, como queriendo estrangularlo, algo absolutamente insólito en un niño. Fue un momento de máxima tensión. R. no respondía a las primeras y urgentes exhortaciones. Con la máxima celeridad, Marién, que se encontraba cerca, le separó decididamente.
Ese incidente fue, con diferencia, el más grave. Y decidimos abordar el asunto más profundamente con la madre. y le propusimos una conversación privada. En ella, se abordaron en detalle los incidentes que R. había protagonizado con la intención de encontrar un hilo conductor, una pista que condujera a una explicación que permitiera entender el comportamiento de R. y, por otra parte, predecir, incluso, evitar, ese tipo de reacciones.
En una de las conversaciones, dado el callejón sin salida en el que se encontraban, surgió la posibilidad de analizar la situación desde el punto de vista de la psicogenealogía, dado que Marién tenía formación para ello. La madre de R., que había oído hablar de ello, aceptó. Al fin y al cabo, era una posibilidad que se abría.
La psicogenealogía trata de entender cómo las historias familiares, los traumas, los secretos, las lealtades y las dinámicas de las generaciones anteriores de una familia influyen inconscientemente en la vida psicológica, emocional, relacional e, incluso física, de una persona en el presente.
Tras una investigación familiar, la madre de R. recopiló información sobre el árbol genealógico de la familia: quiénes lo integraban, sucesos o momentos importantes en la familia, así como fechas de nacimiento, fallecimiento y otros eventos familiares relevantes.
A través de ese proceso de análisis del árbol familiar conectaron varios detalles. R. y su familia más directa, aunque que era originaria de otro lugar, en esos tiempos, estaba viviendo en una casa de la familia materna. R. mantenía un vínculo transgeneracional con uno de sus bisabuelos. La casa en la que estaban viviendo en ese tiempo era la casa en la que vivía ese bisabuelo con el que R, tenía cierta afinidad psicogenealógica. La madre de R., tras conversaciones con personas de su familia, descubrió que ese abuelo se había suicidado ahorcándose en esa casa. En la familia no se había hablado de ello. Poco después, recordó que R., estando en esa misma la vivienda familiar, había realizado un dibujo que, en su día, llamó su atención, aunque lo tenía olvidado. Era un hombre. Parecía tener algo en el cuello, del que manaban unas gotitas de sangre. Lo pintó en el pared del pasillo.
Conocer los detalles del vínculo inconsciente con su ancestro, la liberó de seguir pensando que las reacciones de su hijo se debían a que había sido una “mala madre”. Ese proceso le ayudó -en sus propias palabras- “a coger perspectiva” y salir del bucle estéril de la culpabilidad.
Acordaron que la madre realizara algunas acciones para “honrar” al bisabuelo, poniendo conciencia en su historia, rememorando los detalles, su vida, sus motivos, sus sufrimientos. Y preguntando a los miembros de su familia; especialmente a las hijas del fallecido -la madre y tías de la madre de R.- con la intención de hacer explícito lo implícito, de “poner paz” en el dolor oculto de la familia.
A partir de ese momento, recuerda la madre, las ausencias de R. se fueron espaciando. Sus reacciones se fueron suavizando. También porque, a raíz de esa experiencia, ella aprendió a ver a su hijo con otros ojos. Cuando reaccionaba intensamente (llanto, gritos,…) , especialmente si era en un lugar público, en vez de estar pendiente del “qué dirán” y sentirse como una mala madre, aprendió a aislarse del entorno y escuchar a su hijo. Rememora que se fueron produciendo algunos clics en R., pequeños “caminos de conexión” antes inexistentes. Poco a poco, todo se fue suavizando hasta desaparecer.
En una concepción amplia de la educación este tipo de enfoque puede colaborar a mejorar las condiciones de la vida familiar, así como del aprendizaje y también la salud (física, psíquica y social) de los hijos.
Es importante señalar que parte imprescindible del proceso es entender lo que emerge sin culpabilizar ni victimizar a ninguna de las personas involucradas.
El mero hecho conocer y comprender sin juzgar es sanador y mejora la calidad de vida de la familia.
Te recordamos que ofrecemos acompañamiento y asesoría organizacional pedagógica tanto para equipos educativos como para profesionales individuales, así como acompañamiento familiar transgeneracional y mentorías para jóvenes por videoconferencia.
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(1) Eliade, M. (1974) Imágenes y símbolos, Taurus, Barcelona, p. 12


